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Entender el presente a partir del pasado. La peste negra y Covid-19

    En esta época de pandemia, muchos de nosotros estamos pasando por algo totalmente distinto de todo lo que nos hubieramos podido imaginar hace un año. Una pandemia, al menos para el habitante primermundista no es un evento recurrente que uno experimente a menudo y hasta puede pasar por la vida sin haber vivido algo semejante. Es por esta razón que muchas de las cosas que observamos en el nuevo día a día nos parezcan algo totalmente nuevo. El presente artículo (o más bien colección de pasajes comentados) trata de demostrar que no es en absoluto así, y que todo lo que estamos viviendo, desde el punto de vista de las acciones y dolencias humanas, como las reacciones de estas son algo natural y que generaciones anteriores ya las han experimentado.  Para ello utilizaré excesivamente pasajes del magnífico libro “El miedo en Occidente” del historiador francés Jean Delumeau, que tuve la suerte de leer durante la presente pandemia, en el cual se habla entre muchos otros temas de la peste negra, epidemia que desoló sobre todo el Occidente desde aproximadamente 1348 hasta 1720.

1. Incredulidad y negación 

Como quizás muchos de vosotros, cuando aparecieron los primeros casos de Covid-19 en Europa intenté quitarle importancia y decir que “esto es solo una gripe, ya pasará!” o hasta negarme: “No llegará por aquí cerca!”. A nuestra reacción se añade la de las autoridades, que fue más o menos parecida. Esta reacción ante el posible peligro, es un mecanismo defensivo que experimenté yo, vosotros y los antepasados occidentales que escucharon por primera vez la posible propagación de una epidemia. Escribe el historiador francés:

“Cuando aparece el peligro del contagio, al principio se intenta no verlo. Las crónicas relativas a las pestes hacen resaltar la frecuente negligencia de las autoridades cuando había que tomar las medidas que imponía la inminencia del peligro, aunque no deja de ser cierto qué, una vez desencadenado el mecanismo de defensa, los medios de protección fueron perfeccionándose en el curso de los siglos. En Italia, en 1348, cuando la epidemia se difunde a partir de los puertos -Génova, Venecia y Pisa-, Florencia es la única ciudad del interior que intenta protegerse contra el asaltante que se acerca. Las mismas inercias se repiten en Châlons-sur-Marne en junio de 1467, donde, a pesar del consejo del gobernador de Champagne, se niegan a interrumpir escuelas y sermones; en Burgos y en Valladolid, en 1599; en Milán, en 1630; en Nápoles, en 1656, y en Marsella, en 1720 -y esta enumeración no es exhaustiva-. Desde luego, a tal actitud se le encuentran justificaciones razonables; no se quería sembrar el pánico entre la población -de ahí las múltiples prohibiciones de manifestaciones de duelo al principio de las epidemias- y sobre todo no interrumpir las relaciones económicas con el exterior. Porque, para una ciudad, la cuarentena significaba dificultades de avituallamiento, hundimiento de los negocios, paro, desórdenes probables en la calle, etc. Mientras la epidemia no causara todavía más que un número limitado de muertos, podía esperarse que retrocediera por sí misma antes de haber asolado toda la ciudad. Pero más profundas que estas razones confesadas o confesables, existían desde luego motivaciones menos conscientes: el miedo legítimo de la peste conducía a retardar durante el máximo tiempo posible el momento en que habría que mirarla de cara. Médicos y autoridades trataban, pues, de engañarse a sí mismos. Tranquilizando a las poblaciones se tranquilizaban a sí mismos. En mayo y junio de 1599, mientras la peste reina más o menos por todas partes en el norte de España -cuando se trata de los demás no se tiene miedo a emplear el término exacto-, los médicos de Burgos y de Valladolid plantean diagnósticos lenificantes sobre los casos observados en sus ciudades: no es la peste propiamente hablando… es un mal común; se trata de fiebres tercianas y dobles, difteria, fiebres persistentes, punzadas en el costado, catarros, gotas y otros padecimientos semejantes… algunos han tenido bubones pero… que curan fácilmente.

Cuando una amenaza de contagio se dejaba sentir en el horizonte de una ciudad, las cosas, en el escalón del poder decisorio, ocurrían generalmente de la siguiente manera: las autoridades hacían examinar los casos sospechosos por médicos. Frecuentemente, éstos decretaban un diagnóstico tranquilizador, adelantándose de este modo al deseo del cuerpo municipal; pero si sus conclusiones eran pesimistas, se nombraba otros médicos o cirujanos para una contrainvestigación que no dejaba de disipar las primeras inquietudes. Ése es el escenario que puede verificarse en Milán en 1630 y en Marsella en 1720. Regidores y tribunales de salud buscaban, pues, cegarse a sí mismos para no darse cuenta de la ola ascendente del peligro, y la masa de gentes se comportaba como ellos, cosa que ha observado muy bien Manzoni a propósito de la epidemia de 1630 en Lombardia (!!!):
Ante las fatales nuevas que llegaban de los países infectados, de esos países que forman alrededor de (Milán) una línea’ semicircular, distante de algunos puntos apenas veinte millas, de otros solamente diez, ¿quién no creería en una emoción general, en precauciones presurosas, o al menos en una estéril inquietud? Y no obstante, si las memorias de la época concuerdan en un punto es en el de atestiguar que no hubo nada de eso. La carestía del año anterior, las exacciones de la soldadesca, los pesares de espíritu parecieron más que suficientes para explicar aquella mortandad. En las calles, en las tiendas, en las casas, se acogía con una sonrisa de incredulidad, con burlas, con un desprecio mezclado de cólera a todo el que aventuraba una palabra sobre el peligro, a todo el que hablaba de peste. La misma incredulidad, digamos mejor, la misma ceguera, la misma obstinación prevalecían en el Senado, en el Consejo de los decuriones, en todos los cuerpos de la magistratura.”

Toda esta incredulidad de cara al  Covid-19 lleva a que unos se nieguen totalmente a creer que el peligro de verdad existe. Es por esta razón que una discoteca de Sevilla, una vez declarado el estado de emergencia decidió hacer una fiesta nombrándola “Coronavirus party: contágiate con nosotros!”  Este tipo de comportamiento y muchos otros casos tampoco son nuevos. Lo mismo hicieron los parisinos en 1832 ante la noticia de una nueva epidemia de cólera que acababa de empezar:

“Como era el jueves de la tercera semana de cuaresma, como hacía un sol espléndido y un tiempo delicioso, los Parisinos se divertían con toda su jovialidad en los bulevares en los que incluso se vieron algunas máscaras que, parodiando el color enfermizo y la cara descompuesta, se burlaban del temor al cólera y de la enfermedad misma. Durante la noche de ese mismo día, los bailes públicos estuvieron más frecuentados que nunca: las risas más presuntuosas cubrían casi la ruidosa música; se animaban mucho con el chahut, danza más que equívoca; se engullía toda clase de helados y de bebidas frías cuando, de pronto, el más vivaracho de los arlequines sintió demasiado frío en las piernas, se quitó la máscara y descubrió ante el asombro de todo el mundo un rostro de un azul violáceo.”

“El nuevo coronavirus está fabricado en el laboratorio; se activa a través del 5G; los masones; Bill Gates; Nuevo Orden Mundial;” y os dejo a vosotros añadir todas las otras teorías de la conspiración que han salido a luz en estos tiempos. El mismo año de la cólera de Paris, el mismo autor comenta:

“En Lille, ese mismo año, la población lillense se negó a creer en la proximidad del cólera. Lo consideró al principio como un invento de la policía.”

2. Confinamiento, separación y dolor

Ya queremos taparnos los oídos cuando se nos habla de confinamiento. Hemos pasado tanto tiempo en casa sin salir que utilizamos cualquier razón para tomar un poco de aire fresco: aplaudir a las 8 de la tarde en el balcón, salir a hacer la compra, pasear al perro… El confinamiento y sus consecuencias también se vivieron en tiempos pasados como cuenta el mismo Delumeau:

“Todas las crónicas de la peste insisten también en la detención del comercio y del artesanado, el cierre de los almacenes, de las iglesias incluso, la prohibición de toda diversión, el vacío de calles y plazas, el silencio de los campanarios. […] Separados del resto del mundo, los habitantes se apartan unos de otros en el interior mismo de la ciudad maldita, temiendo contaminarse mutuamente. Se evita abrir las ventanas de la propia casa y bajar a la calle. Se esfuerzan por aguantar encerrados en casa con las reservas que han podido acumular. Si, a pesar de todo, hay que salir para comprar las cosas indispensables, se imponen las precauciones. Clientes y vendedores de artículos de primera necesidad sólo se saludan a distancia y ponen entre ellos el espacio de un ancho mostrador. En Milán, en 1630, algunos no se aventuran a la calle si no es armados de una pistola, gracias a la cual impondrán respeto a toda persona susceptible de estar contagiada. Los secuestros forzados se añaden al encierro voluntario para reforzar el vacío y el silencio de la ciudad. Porque muchos están bloqueados en su casa, declarada sospechosa y, a partir de entonces, vigilada por un guardián, claveteada o encadenada incluso. De este modo, en la ciudad sitiada por la peste, la presencia de los otros no es ya un consuelo. La agitación familiar de la calle, los ruidos cotidianos que ritmaban los trabajos y los días, el encuentro del vecino en el umbral de la puerta: todo eso ha desaparecido. D. Defoe constata con estupor esta “falta de comunicación entre los hombres” que caracteriza el tiempo de la peste. En Marsella, en 1720, un contemporáneo evoca así su ciudad muerta:
…Silencio general de las campanas… calma lúgubre… mientras en otro tiempo se oía de muy lejos cierto murmullo o un rumor confuso que impresionaba agradablemente los sentidos y’ que alegraba… no se alza ya el humo de las chimeneas sobre los tejados de las casas como si no viviera nadie…; todo está generalmente cerrado y prohibido. “

Muchos nos vimos afectados en nuestras relaciones familiares, sobre todo el hecho de no poder estar cerca de nuestros familiares. Suerte tienen los que se ven solo temporalmente separados de ellos. Desgracia es la de los que se han tenido que separar para siempre y de una manera más que dolorosa sin siquiera poder despedirse de un modo natural.

“No se sentían suspicaces de su vecino, de su amigo, de su huésped solamente: esos dulces nombres, esos tiernos vínculos de esposo, de padre, de hijo, de hermano, eran objeto de terror; y, cosa horrible e indigna de decir, la mesa doméstica, el lecho nupcial eran temidos como trampas, como lugares donde se escondía el veneno.
El prójimo es peligroso, sobre todo si la flecha de la peste ya le ha alcanzado; entonces, o bien se le encierra en su casa, o bien se le evacua a toda prisa hacia algún lazareto situado fuera de las murallas. ¡Qué diferencia con el trato reservado en tiempos normales a los enfermos, a quienes padres, médicos y curas rodean con sus diligentes cuidados! En período de epidemia, por el contrario, los parientes se apartan, los médicos no tocan a los contagiosos, o lo menos posible o con una varita, los cirujanos no operan si no es con guantes; los enfermeros dejan a la distancia del brazo del enfermo alimento, medicamentos y vendas. Todos los que se acercan a los pestíferos se rocían de vinagre, perfuman sus vestidos, llegado el caso llevan máscaras; cerca de ellos evitan tragar saliva o respirar por la boca. Los curas dan la absolución de lejos y distribuyen la comunión mediante una espátula de plata fijada a una varita que puede tener más de un metro. De este modo, las relaciones humanas han quedado totalmente alteradas: precisamente en el momento en que la necesidad de los otros se vuelve más imperiosa -y cuando, por regla general, se hacían cargo de vosotros- os abandonan. El tiempo de peste es el de la soledad forzada.

[…]

Por regla general, la enfermedad tiene sus ritos, que unen al paciente a su entorno; y la muerte obedece todavía más a una liturgia en la que se suceden el aseo fúnebre, la vela alrededor del difunto, la introducción en el ataúd y el entierro. Las lágrimas, las palabras en voz baja, la apelación a los recuerdos, el arreglo de la cámara mortuoria, las oraciones, la comitiva final, la presencia de los parientes y de los amigos: he ahí otros tantos elementos constitutivos de un rito de paso que debe desarrollarse en medio del orden y de la decencia. En período de peste, como en la guerra, el fin de los hombres se desarrollaba, por el contrario, en unas condiciones insostenibles de horror, de anarquía y de abandono de las costumbres más profundamente arraigadas en el inconsciente colectivo. Ante todo, era la abolición de la muerte personalizada. […] A partir de entonces ya no hay pompas fúnebres para los ricos, ni siquiera una ceremonia, modesta incluso, para los pobres. Nada de tañido fúnebre, nada de cirios alrededor de un féretro, ni de cantos, y frecuentemente ni siquiera una tumba individual. En el habitual curso de las cosas, la gente se las apaña para camuflar el aspecto horrible de la muerte gracias a un decorado y a unas ceremonias que son otros tantos maquillajes. El difunto conserva su respetabilidad. Es motivo de una especie de culto. En período de peste, por el contrario, habida cuenta de la creencia en los efluvios maléficos, lo importante es evacuar los cadáveres lo más de prisa posible. Se los desposita apresuradamente fuera de las casas, incluso se los baja por las ventanas con ayuda de unas cuerdas.” 

 

3. Los que se aprovechan

Desde papel higiénico vendido en el mercado negro hasta mascarillas de un único uso a sobreprecio: así es como saca provecho a la desgracia el desgraciado. A pesar de que ha habido muchas personas que hayan sacado un lado bueno durante este tiempo, ha habido también otras, que han buscado exclusivamente incrementar sus ingresos a costa de los desventurados. También se han escuchado casos de ladrones que se aprovechan de las personas mayores para hacerse con sus bienes económicos y materiales. Esto también es algo recurrente en las pestes pasadas, ya que el ser humano es el mismo en todas las épocas, tanto en las cosas buenas, como en las malas:

“A la cobardía de unos se añadía la inmoralidad cínica de algunos otros -verdaderos bandidos de despojos-, completamente seguros de la impunidad porque el habitual aparato represivo se había hundido. “Todos -escribe Boccaccio- tenían licencia para obrar a gusto de su capricho”. La mayor parte de las fechorías eran cometidas por aquellos que en Milán se denominaban los monatti. Este término designaba a los hombres que recogían los cadáveres de las casas, de las calles y de los lazaretos; que los acarreaban hacia las fosas y los enterraban; que conducían los enfermos a los lazaretos; que quemaban y purificaban los objetos infectados o sospechosos. Libres de toda vigilancia, algunos exigían rescates de aquellos que no querían ser llevados al hospital, se negaban a llevar los cadáveres ya en putrefacción a menos de una fuerte cantidad de dinero y saqueaban las casas en que entraban. Habiendo sido requisados, en Marsella, algunos forzados para cumplir en 1720 el oficio de “cuervos”, corrieron a cuenta suya toda clase de rumores siniestros: robaban impunemente en todas las casas a las que iban a recoger cuerpos muertos; para no volver dos veces a un mismo hogar, arrojaban a la carreta fúnebre los agonizantes junto con los cadáveres, etc. Finalmente, no había ciudad contaminada en la que no entraran en las casas falsos “cuervos” para saquearlas, al tiempo que en los alojamientos abandonados se cometían múltiples robos.”

 

4. Los que dan su vida

La lista de los que ya han muerto en la lucha de este coronavirus es demasiado larga, la mayoría son médicos que al no renunciar a su trabajo, se han expuesto voluntariamente para asegurar que otros sobrevivan y han pagado con sus propias vidas. No fue diferente en las otras edades:

“Frente a los saqueadores de muertos o de casas abandonadas y de aquellos -mucho más numerosos- que ceden simplemente al pánico, tenemos a los héroes, que dominan su miedo, y a aquellos a quienes su modo de vida (sobre todo en comunidades religiosas), su profesión o sus responsabilidades exponen al contagio y no se esconden. La Peste Negra se lleva a todos los agustinos de Avignon, a todos los franciscanos de Carcasona y de Marsella (en esta ciudad eran 150). En Magueole sólo quedan siete franciscanos, de 160; en Montpellier, siete de 140; en Santa-Maria-Novella, de Florencia, 72 de 150. Los conventos de esta orden en Siena, Pisa y Lucca, que cuentan con menos de cien hermanos, pierden, respectivamente, 49, 57 y 39. Los consejos municipales quedan diezmados en igual proporción. En Venecia, el 71 por 100 de los miembros del Consejo son arrebatados por la peste; en Montpellier, el 83 por 100; en Béziers, el 100 por 100; en Hamburgo, el 76 por 100. Los médicos son, evidentemente, alcanzados por la epidemia de modo especial (en Perpiñán, de ocho médicos, mueren los ocho en 1348), y también los notarios: en Orvieto murieron veinticuatro en el curso de la Peste Negra, y sólo se encuentran siete sustitutos para sucederles. Despiadada, la prueba aplasta a unos y exalta a los otros. Jean de Venette elogia a las religiosas Parísienses en 1348:

– Y las santas hermanas del Hôtel-Dieu, sin temor a la muerte, se entregaban hasta el fin a su tarea con la mayor dulzura y humildad; y en número considerable, muchas de las citadas hermanas, más de una vez renovadas a consecuencia de los vacíos de fa muerte, descansan, como se cree, piadosamente, en la paz de Cristo.-

Si durante la epidemia de 1599 los curas de Bilbao fueron poco animosos, en cambio en Burgos, en Valladolid y en Segovia, los religiosos estuvieron a la cabecera de los enfermos y administraron los sacramentos “con la mayor puntualidad”, con riesgo de su vida. En Milán, en 1575 y 1630, san Carlos Borromeo, y luego su sobrino Federigo, se negaron a abandonar la ciudad, a pesar de los consejos de su entorno. Recorrieron las calles, visitaron los lazaretos, consolaron a los apestados y alentaron a los que los asistían. En esa misma ciudad, en 1630, los capuchinos se comportaron de modo sublime. Un contemporáneo citado por apestados y alentaron a los que los asistían. En esa misma ciudad, en 1630, los capuchinos se comportaron de modo sublime. Un contemporáneo citado por Manzoni testimonia:
… Si esos padres no hubieran existido, la ciudad entera habría sido aniquilada; porque es cosa milagrosa que hayan podido, en un espacio tan corto de tiempo, prestar tantos servicios a la población, sobre todo si consideramos que no recibieron sino débiles socorros de la ciudad y que, con su sabiduría y su inteligencia, llegaron a mantener en el lazareto a tantos millares de infortunados.”

 

Notas para el futuro

En España, desde hace ya unos días, ya se han empezado a implementar las nuevas mesuras para el desconfinamiento. Esto supone que el coronavirus ya no representa una amenaza tan fuerte en nuestra sociedad y por tanto se permite que los que hemos estado este tiempo encerrados en nuestras casas podamos salir y pasar un tiempo limitado al aire libre. El hecho de que el nombre de fallecidos haya bajado no quiere decir que no pueda aparecer un nuevo brote. Recordemos: la peste negra duró del 1348 al 1720. No fue continua, sino que desaparecía y después de estar unos meses o años sin causar muertes, aparecía de nuevo y siempre era más terrible que la anterior. Quisiera que esto nos sirviera de advertencia y que en los próximos días seamos ciudadanos ejemplares en nuestras acciones.

Denis

 

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